Yo en la orilla;
tú, en la otra.
Se nos interpone un continente.
Me miras de lejos, sonríes.
Dices una, dos y tres palabras,
luego te muerdes los labios,
¿quieres devorarlos? ¿ofrecerlos en sacrificio?
Tus palabras se dibujan en el aire, suaves, sin intención,
y te muerdes los labios para que sangren y se expíe tu culpa.
¿Culpa? ¿Por qué?
Mis ojos tratan de leerlas, de entender el movimiento de tus labios indiscretos.
Pregunto y tú no dices nada, o dices nada, luego me miras penetrante,
suspiras.
Y tu mirar es pausado, como si vieras un río alejarse, su corriente que lleva en sí
tatuado el cielo con sus nubes, pájaros, la sombra moteada de luz que
proyecta el follaje de los árboles. Tu mirar se derrama y escurre sobre el río,
sin tocarlo, apenas lo contempla se retrae, se encierra en un tiempo propio,
la luz no es la luz, sino otra, otro tiempo, y otra cosa que miras, y otro yo, o uno
que no soy yo, acaso un yo que no soy, uno que solamente tú miras, alejarse.
Al final, donde muere el río al entrar en la mar,
y no muere, sino que suma, trasciende,
donde empieza lo que ha terminado, cuando el tiempo fluye más despacio, donde
concluye el camino y la obra de los hombres y las cosas, de la vida, estoy de pie
sobre hojas verdes que se tornan amarillas cuando cierro y abro de nuevo los ojos.
Bajo mis pies y bajo las hojas se acumula agua, se pone de pronto verdosa;
un poco de musgo aparece en la piedra que está a mi lado. Entonces te miro, estás
bajo la luz crepuscular, bajo las nubes que se tiñen de rojo y ocre. El cielo incendiado,
la tarde titubeante ante la noche que avanza veloz en su carro. Y páginas y páginas
que se escriben y se leen. Y llueve y se seca la tierra, y vuelve a llover.
Te muerdes los labios.
Será el amor y la felicidad
en conjunto, en continente,
interpuesto,
y cada vez que lo intentamos,
por encima o por debajo,
nos hiere.
La fatalidad nos juega una broma,
nos da a beber incertidumbre,
crecen las sombras tras la ventana,
y el jardín se llena de vacío y ruidos que se escabullen,
nos quedamos adentro, asustados, asfixiándonos,
yo en la orilla.
Tú en la otra.
Tratando de acercarnos, de atravesar,
otra vez nos hiere.
Y queriendo el amor y la felicidad, nos maltrata.
No está en nosotros, ni en el agua, ni en el cielo,
ni en el poema, tampoco en los códices,
ni en el águila, ni en Homero, ni en la Odisea.
Y tú con tu manto de Penélope,
con las matronas con antorchas encendidas tras tus espaldas
cerca de las naves de tu amor y tu esperanza.
No, ni en los pasos de nadie, ni en la noche amoratada.
Ni en mis ojos, ni en mis manos, tampoco en mí.
Nos quedamos en la orilla estáticos.