domingo, 16 de septiembre de 2012

TV y Cultura en los Juegos Deportivos de la XIX Olimpiada

José Revueltas




En el campo de la comunicación humana, cuyo desarrollo incesante parece no tener límites concebibles, la televisión representa una de las expresiones más avanzadas. El alcance de los medios de información no sólo abarca ya un área que comprende al planeta entero, sino que incluso quiere rebasarlo para aprehender el espacio extraterrestre. Esto plantea el problema capital del aprovechamiento de esos medios de información, y en términos de tal modo paradójicos que preocupan enormemente a todos aquellos que buscan una respuesta esperanzada respecto al futuro del hombre: estadistas, pensadores, hombres de ciencia, sociólogos, etc. El aspecto más desconcertante que caracteriza al impetuoso y casi diríase omnímodo incremento de los medios informativos de que dispone el mundo moderno es el que se refiere precisamente al grado de su propia potencia, ya que puede decirse que mientras mayor es el volumen de las informaciones, menor es su contenido o, lo que es lo mismo, que el receptor llega a “enterarse” de mucho y a “saber” de muy poco. Dicho de otro modo: en tanto que se va ensanchando la zona del espacio – tiempo que abarca la información, a la inversa, la superficie de “lo que se informa” se reduce. La abundancia de acontecimientos que se convierten en “noticia” plantea al encargado de infundirlos la exigencia de una extrema condensación, en progresión constante, del material informativo. De esta manera, se ha vuelto inevitable que hoy se produzcan más “noticias” que ayer y que mañana se producirán más que hoy, lo que determina que las informaciones, cada vez más abundantes, tengan que presentarse forzosamente en forma cada vez más escueta. Añádase a lo anterior la circunstancia de que el espacio – tiempo dedicado a las noticias reviste también una naturaleza económica, que las convierte en campo de la competencia comercial, lo que se traduce en una reducción forzosa del espacio – tiempo destinado a los fines de la cultura y la educación. Existe pues un desequilibrio entre la superficie de que disponen los medios de información para cubrir este objeto y el volumen del material no noticioso ni de propaganda de que se sirven. Las ventajas que respecto a otros medios de comunicación ofrece la TV mediante el relato de la imagen directa, televisión por cable, video-tapes y otros recurso de multiplicación informativa, establecen la cuestión del desequilibrio entre la magnitud cuantitativa y el contenido cualitativo de las programaciones, como la necesidad de un aprovechamiento cada vez mayor de la TV al servicio del aprendizaje, la enseñanza, la educación y la cultura del televidente.
El enorme esfuerzo informativo que la TV realizará con motivo de la XIX Olimpiada y los recursos de producción sin precedente que pondrán en juego para cumplir su cometido, auguran la posibilidad de un ulterior aprovechamiento de las instalaciones para el desarrollo de programas de enseñanza.
Desde que en octubre de 1967 se llevó a cabo la III Competencia Deportiva Internacional, la experiencia que se obtuvo a través de las instalaciones de TV logradas por el Circuito Cultural con la ayuda de las autoridades, hizo pensar que la XIX Olimpiada ofrecía una oportunidad inmejorable para servirse de dicha experiencia al máximo y a una escala sin precedente en nuestro medio. Los cálculos hechos respecto al número de televidentes para la XIX Olimpiada arrojan una cifra superior a los 400 millones en el mundo, lo que sirve para dar una idea de la vastedad impresionante del campo de acción que se abre.
Durante esa III Competencia se llevaron a cabo, el años pasado, numerosas actividades de TV, lo mismo en el terreno de la experimentación técnica que en el de la difusión masiva. Por primera vez se hicieron proyecciones en grandes pantallas a través de unidades móviles capaces de llevar los programas a decenas de miles de espectadores, en auditorios al aire libre y en aulas, mediante circuitos cerrados y grabaciones de video-tape, etc.
Los primeros pasos para la creación de un sistema de TV educativa y cultural ya han sido dados en México por la Secretaría de Educación Pública, el Canal 11 del Instituto Politécnico Nacional, los cursos de Telesecundaria y Alfabetización a través del canal 5, y la red nacional de microondas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Por lo que hace a los juegos de la XIX Olimpiada, habrá también transmisiones vía satélite. En un futuro no lejano, tan vasto sistema de instalaciones se convertirá en la base para un desarrollo de proporciones gigantescas en el proceso de implantación de la enseñanza integral.
Como ocurre con todo inicio, el desarrollo de la TV educativa y cultural apenas se encuentra –como en muchos otros países– en su fase exploratoria. La TV aplicada a los problemas de la educación, deja establecidas las premisas de un cambio trascendental en el terreno de la ciencia y la técnica pedagógicas. La aculturación de las masas, en cantidades que podrán contarse por millones de personas, planteará problemas totalmente nuevos a las ciencias de la educación. La puesta en imagen y en sonido de los programas de enseñanza revestirá el carácter de una obra específica, con una técnica propia y formas expresivas peculiares, esencialmente diferentes de las que en la actualidad se practican. Los tiempos de aprendizaje, instrucción y recreo cultural serán condensados a límites que pueden llegar al máximo de brevedad para que sea posible, en consecuencia, la ampliación incesante del tiempo – espacio destinado a la difusión del conocimiento. Algunos de los aspectos del programa previsto por el Comité Organizador para televisar los Juegos de la XIX Olimpiada, darán una imagen aproximada de los extraordinarios recursos de que quedará dueña la TV de México. Habrá 40 horas diarias de producción de programas, 12 de transmisión simultánea durante los eventos deportivos y una hora de resumen al día, a cargo de mil doscientos especialistas, sin contar los técnicos que se ocuparán de la producción y transmisión. De este modo, se podrá luego dotar a las escuelas de medios para iniciar una campaña de educación audiovisual en todo el país, con carácter permanente, a fin de que en el futuro los centros educativos cuenten incluso con sus propios estudios, para que un programa producido en una escuela pueda transmitirse por circuito cerrado a todos los locales del edificio o aun a escuelas cercanas.
Puede decirse que los sistemas informativos de TV para los Juegos de la XIX Olimpiada, que alcanzarán un despliegue óptimo en octubre, colocarán a México en el umbral de un nuevo desarrollo, diferente al que se viene operando en el renglón de sus fuerzas productivas. Se trata ahora del desarrollo de  otras “fuerzas productivas”: las de la educación y la cultura. La invitación a contemplar los Juegos sentado en “el mejor lugar”, a la vez de que se dota a los hijos de tele-aulas, ampliará de un modo insospechado el auditorio de TV, si tomamos en cuenta el número actual de personas, todavía reducido, que disfruta de ella. El carácter masivo de la información a través de pantallas gigantes en auditorios o en grandes espacios abiertos, creará naturalmente un estado psicológico colectivo cada vez más proclive a la asimilación. Esta receptibilidad podrá ser trasladada, luego de su fase de simple disposición pasiva que sólo contempla los espectáculos, a una fase más extensa y profunda, a una activa disposición al aprendizaje de la ciencia y la cultura, y por último a una actitud crítica, que discierna y juzgue a partir de la información cruda.

(C a s i) J u n t o s e n e l Bi – C e n t e n a r i o



I
¿Y bien? – me pregunto en las mañanas, frente al espejo de esta ciudad, el espejo de estudiantes, madres trabajadoras, trabajadores, obreros y demás – ¿Qué hay del bicentenario? Ya estamos a dos años y del susodicho ni sus luces; ni ahora ni antes del quince lo pudimos ver. Decir Bicentenario de la independencia de México resultaba demasiado largo, además de falso, o al menos queda en entredicho que tal acontecimiento haya sido, por lo menos, genuino. Entonces, se cambió por algo más en onda con la actual, vulgar y acentuada, inclinación por las abreviaturas chic: el Bicentenario. Y el bicentenario por aquí y por allá. Se les llenaba la boca con tan poquitas letras que no sabían dónde ponerlo. Y lo pusieron donde se debía, donde históricamente ha pertenecido el hecho de la independencia, en su cuna de oro, en sus pañales de seda, en las manos suaves, blancas y españolas del gobierno conservador, entreguista y mentiroso. En sus manos perversas, llenas de sangre, lejos del alcance de la carne de cañón –léase, por favor, no se vaya a indigestar alguno: el pueblo.
¿Pero dónde más quería usted que lo pusiera? Lo del zócalo es un mero accidente, una puntada de don Porfirio, celebrar su cumple con el vulgo, nomás pa´ no olvidar sus raíces; para sentirse querido por el pueblo, un autoengaño premeditado y heredado hasta nuestros lastimeros días. Entonces, se quedó la tal puntada de convidar algunas migajas de la festividá, un momento en que el pueblo se da cuenta de que la figura presidencial existe, que no es un cuento, sino que de verdad existe, haga o no haga nada, existe. Y lo podemos comprobar porque ahí se queda paradito contemplando a todos sus pobres, desventurados que no tienen otra cosa mejor por hacer que celebrar algo que ni entienden ni les importa más allá del asueto. Además, ni por error descubren que se festeja la separación entre los criollos y la corona española. Porque de haber sido una verdadera independencia, los indígenas debieron tomar el poder de la nación, recuperando sus reinos y organizándose como les hubiera venido en gana. Quizá hubiésemos vuelto a ser muchos países, o reinados, según las tribus. Pero no, los españoles fueron muy hábiles para no regresar nada, sino apropiarse un territorio, que incluso hoy, no les pertenece. Es decir, no nos pertenece. Es de los indígenas, de nadie más. Y tan hábiles fueron, que los mantuvieron bajo yugo español, ahora independiente, sí, pero de la corona, es decir, que les quedaba más dinerito para gastar. Pues se ahorraban los tributos o impuestos. Así es que estos tramposos no hicieron otra cosa que quitar a España de en medio de su crecimiento personal, de sus propios intereses como colonia. Fue la independencia de la colonia, de los colonizadores, no de los colonizados. El resultado está en que hoy en día los indígenas siguen igual o peor; aunque ahora están enajenados con distractores burgueses, con cierto permiso del opresor para sentirse un poco menos indios. A final de cuentas, siempre la tendencia ha sido, es y será desindianizar al país.
Por ello Calderón no tomó en cuenta al pueblo. Su gobierno se encargó de erradicar cualquier brote de espíritu festivo, eliminar por mínimo que fuera, algún entusiasmo de celebración. Fueron celosos de que el pueblo no festejara algo que no les corresponde. No, eso es de ellos, de los descendientes de aquellos criollos que pelearon lo suyo, no lo propio, porque de nada eran –ni son- propietarios. No hay manera de comprar, adquirir, ni apropiarse, tierras que pertenecen a nuestros pueblos indígenas por derecho natural y divino. No hay sangre que lo pueda pagar. (Y de esto ya habló Faulkner en El oso.)

II
      Regreso del trabajo. Ahora es el mismo espejo, pero empañado por el cansancio que a todos nos agobia. Nadie se ve más feliz. Nadie parece ser del país donde se cumplen doscientos años de ser orgullosamente mexicanos. No diré que el obrero es oprimido por el amo del dinero, por el dueño de los capitales de trabajo, no. El ciudadano está oprimido por la necesidad. Nos mantiene el gobierno en el punto justo de la frontera entre la necesidad y el efímero gusto de poseer algo (aunque sea en abonos chiquitos, pero ahí la vamos pasando), algo que nos permite y que provoca que nos desboquemos, para que sigamos siendo esclavos, no de ellos, no, ellos son decentes, sino esclavos de nuestros propios deseos, porque pecamos por nuestra propia concupiscencia.
      ¿Qué es ser mexicano? Un mexicano del bicentenario. Pues nada, no es nada. Un  mexicano más, un mexicano que accidentalmente está vivo en el dos mil diez. Los estúpidos spots son eso: estúpidos. (Un poema de Sabines, el corazón de tu madre antes de decir sí acepto, un mariachi no se qué, y no se cuánto más.) Ser mexicano es el corazón de la mujer antes de que fusilaran a su hombre, antes de que a su hombre se lo lleven preso injustamente por culpa de su torpeza, las seis mujeres acusadas de asesinato por decidir sobre sus cuerpos (que ya fueron liberadas), el corazón de una madre que no puede pagar el médico y su hijo por ello muere, el caso abecé, un escritor silenciado por escribir la verdad, violencia absurda, civiles muertos, niños trabajando, ancianos empacando en el supermercado, estudiantes sin futuro, un país sin desarrollo, un país de confeti, gente inmunizada con pequeños goces burgueses. Eso es el bicentenario: la más grande de las burlas, la más pérfida mentira.
      Bueno, esto es lo que nadie debe decir, no sea que la bestia se despierte. Sólo hay que decirlo por lo bajo, fumando pa´ dentro, bajando –hacia abajo y a la izquierda- la sierra, cubiertos por las sombras que ocultan el amanecer de la libertad.