Sobre la calle cae la lluvia, sobre la calle mojada de sangre cae la lluvia. Sobre la calle cae su cuerpo, sobre la calle polvosa, de piedra ardiendo, cae su cuerpo acribillado. Cuarenta balazos le dieron, nomás cuarenta; sólo tres, que le dieron en la cabeza, lo mataron, el resto dieron en lugares del cuerpo que no resultarían mortales...
ya sobre la milpa, sobre el ejido,llenándolos de sombras, cae la tarde con su olor a ocote. Por las ventanas sale humo blanco, olores a café, frijolitos con chile, a tortilla, olor a gente...
ahora nadie canta, a todos les cortaron la lengua. Para cantar les queda la lluvia, la escuchan caer sobre la calle mojada de sangre -piensa Pueblito Ramírez.
jueves, 16 de julio de 2009
sábado, 11 de julio de 2009
Julio
Durante aquella mañana, en que no supo a ciencia cierta lo que ocurría, y que después prefirió ignorar como algo que marcara su vida, si no para siempre, sí por un periodo largo, acaso toda su juventud, él estuvo, además de atento si los ojos de esa muchacha lo miraban, bebiendo con impaciencia una taza de té. Desde las seis en punto estuvo en la cancha squash, hasta las siete y media que le hablaron al desayuno, que se prolongó hasta las ocho y quince; y a las nueve en punto, cuando cerró el libro de un escritor checo que recién había comprado, la joven entró en la estancia donde él leía con el ceño fruncido como si tuviera dificultad para ver. Al dejar el libro sobre la mesa, levantó la mirada y la vio entrar, con su vestido simple y azul, una mascada blanca en el cuello y una pulsera de madera en su muñeca izquierda. Ella lo saludó con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa cualquiera. Se sentó en un sofá lo bastante retirada, con la aparente intención de no cruzar palabra alguna. Trajeron el té para el joven que bebió impaciente. No pudo leer nada más. Ella se estuvo sentada escribiendo algo en una libreta pequeña, y acaso no tuviera la más mínima intención de voltearlo a ver, pero nunca, ni por un segundo, que hubiera sido mortal para el joven, volteó a verlo. Ni siquiera con el rabillo del ojo, ni en el reflejo del espejo que estaba frente a ellos. El joven tensó todos los músculos de su cuerpo, de manera que estaba tan rígido que se cansó de inmediato y tuvo que adoptar una postura, no más relajada que de alivio y resignación; aunque de todas formas su interés por ser visto era descarado. Se movía ruidosa y notablemente para forzar la curiosidad de la joven, lo cual resultaba estéril. Cada vez que tomaba una pose de persona interesante, de persona con la que se debe hablar, y mirarle, su fatiga aumentaba, y la incomodidad le calaba en los huesos; lo cual lo obligaba a terminar en posturas nada apropiadas para estar sentado en una estancia tan elegante como aquella. Para desgracia de ambos, nadie llegaba, lo cual hubiera sido suficiente para romper aquel cuadro ridículo de adolescentes. Ella seguía escribiendo, aunque comprendía las intensiones del joven. Terminó su té y encendió un cigarro, trató de retomar el hilo de la lectura y no pudo, bostezó y se arrellanó en el sofá. Se sabía vencido; renunció a hablarle, que hubiera sido lo más apropiado. El reloj dio las once menos un cuarto. Se escuchó la voz de Julio, que entraba con las botas llenas de lodo y una cuerda en la mano. Eh, tú, haragán, yo estoy allá partiéndome con los animales mientras bebes afeminadamente el té. Debieras ponerte las botas y un pantalón para que vengas a ayudarme. Al escuchar esto el muchacho se puso en sobremanera colorado del rostro. La joven había dejado de escribir al punto, levantó la vista y miró la cuerda en las manos de Julio y sonrió.
viernes, 10 de julio de 2009
Sin título
José Revueltas, qué puedo decir que él no haya dicho, que su vida no haya dicho de él, y por
él.
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Paul Celan, tan atormentado como la humanidad. Tan genial como Paul Celan.
él.
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Paul Celan, tan atormentado como la humanidad. Tan genial como Paul Celan.
miércoles, 8 de julio de 2009
Sin quehacer I
Qué es lo que dicen las chicharras cuando cantan?
Qué será lo que dicen?
Yo no lo sé.
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Observé alguna vez un rostro y me pareció hermoso. Luego el rostro accionó su boca y ya no lo
fue.
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El acto no existe, sólo el eco que produce.
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No confíes en ti.
Qué será lo que dicen?
Yo no lo sé.
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Observé alguna vez un rostro y me pareció hermoso. Luego el rostro accionó su boca y ya no lo
fue.
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El acto no existe, sólo el eco que produce.
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No confíes en ti.
Sr. Originales
Tu palabra que sea clara, tu voz resuene en el viento. Nunca calles, nuca frenes tu lengua, maldito el silencio de palabras, maldito el acto que dice más que mil palabras, malditas las mil palabras que hacen más que un acto, maldita la palabra que no es acto, y maldito el acto que no está hecho con palabras.
Esto gritaba el hombre en la ventana; todos los días, de pie, con la cortina cubriéndole las espaldas, con su voz de trueno, su voz cavernosa, se asomaba el señor Originales a su espléndida ventana que daba a la calle por donde pasaban, presurosos, los estudiantes de la preparatoria. El árbol no era tan alto, pues su copa quedaba justo bajo el alfeizar de la ventana de la casa que en otros tiempos fue de los señores americanos que abrieron el cine en la Calle Quinta y Ocampo; y agitaba sus ramas cada vez que el señor Originales increpaba con estas tremendas palabras a los estudiantes que corrían para no ser rechazados en la entrada de la escuela.
Satisfecho cerraba la ventana. Los estudiantes corrían, reían a gritos por el último chisme, que
si a La Lupe se la llevaron al mirador, que si Manuel era marica, que si Fabiola se besuqueaba
con un pachuco. Nunca acabarían las historias fabricadas de palabras, nunca acabarían los hechos. El señor Originales se quedó mirando, tras la ventana cerrada, a los muchachos sudorosos llegar hasta el portón. Feliz de hacer un bien, salió de entre las cortinas y se sentó en el sofá de su recámara, encendió el equipo de sonido y la música se escuchaba por lo bajo. Chopin, acaso Motzart, a lo mejor Liszt, o Bach. Tomó un libro y empezó a llorar.
Esto gritaba el hombre en la ventana; todos los días, de pie, con la cortina cubriéndole las espaldas, con su voz de trueno, su voz cavernosa, se asomaba el señor Originales a su espléndida ventana que daba a la calle por donde pasaban, presurosos, los estudiantes de la preparatoria. El árbol no era tan alto, pues su copa quedaba justo bajo el alfeizar de la ventana de la casa que en otros tiempos fue de los señores americanos que abrieron el cine en la Calle Quinta y Ocampo; y agitaba sus ramas cada vez que el señor Originales increpaba con estas tremendas palabras a los estudiantes que corrían para no ser rechazados en la entrada de la escuela.
Satisfecho cerraba la ventana. Los estudiantes corrían, reían a gritos por el último chisme, que
si a La Lupe se la llevaron al mirador, que si Manuel era marica, que si Fabiola se besuqueaba
con un pachuco. Nunca acabarían las historias fabricadas de palabras, nunca acabarían los hechos. El señor Originales se quedó mirando, tras la ventana cerrada, a los muchachos sudorosos llegar hasta el portón. Feliz de hacer un bien, salió de entre las cortinas y se sentó en el sofá de su recámara, encendió el equipo de sonido y la música se escuchaba por lo bajo. Chopin, acaso Motzart, a lo mejor Liszt, o Bach. Tomó un libro y empezó a llorar.
miércoles, 1 de julio de 2009
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