He ido dejando pedazos de mí, la noche los ha cubierto. Rastros de mi voz quedaron en la luz.
Las palabras se han quedado exhaustas, desfallecen en el cenicero entre colillas húmedas de saliva y labial.
En la calle la gente camina apresurada; y tú sentada frente a mí bebiendo café. Yo me quedo mirando la tarde caer tras los ventanales sobre la calle empedrada y húmeda por una ligera llovizna.
Cinco de la tarde marca mi reloj, y el tuyo, y también el de catedral. A lo lejos se escucha el sonido de las campanas, doblando sobre la tarde la muerte de alguien, o la del tiempo.
Y he ido dejando pedazos de mí, sobre la tarde y sobre la noche, y al amanecer mi voz deshilachada.