Las tardes de lluvia son tan largas y aburridas que no queda de otra que tomar un libro y leer por aburrimiento. A manera de divertirse uno de manera culta sin caer en las vacilaciones de la flojera televisiva y comercial. Una forma de escudarse contra la invasión imperialista de las grandes corporaciones, que más bien resultan titánicas, es la de escuchar el (la) radio, mientras afuera no pasa ni un alma, ni un carro, o sólo el lejano y monocorde zumbido del motor y la lluvia. Luego ese ligero sonido lejano del automóvil que dobla la esquina o se pierde, con todo y su ruido, en las marañas de la distancia. De nuevo queda el silencio provocado por la lluvia, el tiempo viscoso empapándonos la memoria, revolviendo recuerdos y presentes, añejos besos y abrazos rotos, sexo oxidado, caricias y miradas muertas.
Peor aun cuando la tarde de lluvia es entre las tres y cinco. Pues el día languidece con mayor velocidad y las luces mercuriales se encienden con timidez adivinando su indecencia de encenderse tan temprano. Entonces entramos en un trance que el día es noche y la noche pierde sus proporciones luminosas medibles. Todo se convierte en penumbra dentro del departamento y provoca en mi persona una somnolencia, un estado de inactividad que deriva en el recuerdo de los trastes en la tarja que se quedaron sin lavar. Entonces no queda más remedio que dejar el libro un momento, antes de quedarme dormido en el sofá o donde sea que lea, para levantarme y limpiar la cocina.
Agua cayendo afuera, agua cayendo adentro. Afuera sobre el pavimento y adentro sobre mis manos y los trastes. Es una sensación de sentirse húmedo sin mojarse realmente. Esto provoca también una percepción más concreta de estar seco, como una lucha de contrarios bien definida: afuera hay humedad, agua cayendo, agua estancada, agua corriendo, concretamente el ambiente está empapado, todo se convierte en agua, en líquido -pues la tierra se afloja, se humedece, se desmorona, se deshace, se mezcla con el agua y se vuelve una con ella, se hace líquida, licuándose, se hace lodo, agua lodosa-, y el tiempo transcurre líquido, húmedo, así la luz también se vuelve opaca, casi inexistente pues de tan húmeda se vuelve translúcida; y adentro nada, la luz tiene su color normal, el tiempo transcurre como siempre, no hay humedad, todo se encuentra pavorosamente seco.
No obstante las tardes de lluvia sean largas y aburridas, la lluvia tiene algo de sexual, una metáfora sexual, una continua penetración de lo cerrado, lo virgen; toca la tierra y ésta se humedece, se afloja, se remueve, y empieza a permitir la entrada, la penetración cuidadosa, metódica, sencilla y elemental del agua como elemento fálico. Luego completamente húmeda la tierra se deshace y se vuelve una con el agua, agua lodosa, poseída, compenetrada mineralmente, fecundada. La unión de dos elementos esenciales que promueven la vida, la fecundación, el acto amoroso de la gestación y el maravilloso hecho del alumbramiento, del nacer, y lo que nace crece y es vida y continúa el acto natural de buscar ser y dar vida.
Y si se mira bien, descubrimos que todo lo previo a la lluvia no es más que una danza seductora del macho, haciéndose vistoso, atrayente, viril, para la hembra que se le antoja dulce, palpitante, fértil. La lluvia suelta las amarras del viento que sacude con fuerza, con maravilla, todo cuanto toca se estremece, arroja un poco de penumbra sobre la luz, y luego se siente la caricia leve de la humedad que se aproxima y se percibe su aroma suave a millones de hongos reventados que explotan en vida, en esporas, en esperanza para su linaje micótico. En este punto entonces se exclama con asombro, con esperanza: va a llover, huele a tierra mojada. Y no es otra cosa que las esporas de los hongos que explotan al contacto con una gota de lluvia.
Y así ha sucedido en todas las edades de los hombres.
Una treinta y cuatro p. m.