domingo, 8 de mayo de 2011

Juego de niños,


Este texto está dedicado a Paul Celan,
Recordando su hermoso poema:
Fuga en la noche.


De pronto a mi mente saltó, como una visión luminosa y alegre, un recuerdo, sudoroso y entierrado, de la infancia, recuerdo de correr en el parque, recuerdo de hierba en el aire y bajo los pies, recuerdo de gritos, recuerdo de noche estrellada, apenas oscura por la insidiosa luz mercurial. Correteábamos felices, a media calle, a veces toreando los automóviles que pasaban, otras a los automóviles estacionados, o para decirlo con las palabras exactas, verdaderas, para no mentir: los carros parqueados. Las biclas (bicicletas) tiradas sobre las banquetas, mientras jugábamos a este juego que con emoción recuerdo; y tanta emoción me provoca, que hasta naturalmente brotaron las palabras parqueado y bicla, en el más puro y sincero español pocho, fronterizo, al que ahora se llama spanglish.

Era un juego muy bonito, sano y divertido llamado Stop. Jugarlo era simple: requería un pedazo de gis, que en realidad era una piedra de caliche, más de cuatro jugadores, elegir nombres de países y ganas de correr, de sudar, de entierrarse, de pelear contra mosquitos y jejenes. Y en este punto mi mujer me recuerda que incluso en aquella época los niños sabíamos de los países socialistas, cosas que ahora nadie recuerda. Acaso se quiera borrar el estigma, eliminar a los sueños, o la verdad clausurarla por motivos de deterioro gubernamental.

Para quien ignore acerca del juego que comento, explico un poco la operación, que en realidad resulta muy sencilla. Primero, encontrar el trozo de caliche; segundo, elegir dónde jugar, que como antes dije, era a mitad de la calle. Tercero, se hacía un círculo de tamaño tal que cupieran todos los jugadores; cuarto, se escribían los nombres de los países elegidos. Quinto, en el centro se trazaba un círculo más pequeño, dentro del cual se escribía la palabra stop; sexto, se paraba uno en su casilla y ponía un pie sobre el nombre escrito, listo para salir disparado. Ya todos en sus posiciones, entonces se decía el siguiente estribillo:

Declaro la guerra en contra de mi peor enemigo que es… que es… y se decía el nombre del país. El resto salía corriendo en todas direcciones, como un puñado de cabras brincando, dando grandes zancadas. El país nombrado debía gritar, a la vez que pisaba el centro del círculo ¡stop!, al instante todos debían detenerse. Luego, el “país enemigo” tenía que adivinar a cuántos pasos largos y/ o cortos estaba equis jugador. Hasta aquí recuerdo, no hay más en mi memoria al respecto de este juego infantil, este juego de los niños de la guerra fría. Pero como en toda la sociedad burguesa, habría premios y castigos. Pero lo importante era que esto ocurría entre risas, divertidos, en serenidad, sin tanto ruido.

Ahora, se ha declarado la guerra no de risas, sino de llanto, de sangre y plomo. Pues no son pasos largos o cortos los que se utilizan para abatir, o hacer que alguien pierda, sino que ahora son balas. Es una guerra contra el peor enemigo de los fascistas que ocupan el gobierno de mi país: los jóvenes, las marchas, las protestas, la libertad y el amor. No lo dicen, no lo dirán jamás. Porque con todo y el terror que infunden, el terror que nos venden, con el que nos vacunan en contra de lo humano, de la libertad y del pensamiento, son cobardes. Empezaron por prohibir el cigarro en lugares cerrados, y con esto acabaron con las reuniones en los cafés, en las cantinas, donde se pudieran entablar conversaciones “no aptas” para la hegemonía y permanencia del poder en las manos sucias del presunto alcohólico ocupante del púlpito ensangrentado de la paz. Luego la influenza, instrucción y estrategia militar de primerísimo nivel elaborada por los gringos, transmitida a nuestro gobierno por cierta persona afroamericana que ocupa una oficina oval. Y sobre esto, el cinismo descarnado, la petulancia de la idiotez: fijar una fecha de inicio y final para la epidemia influyente de manera destructiva en la economía del país.

Y es así como inició la incursión terrorista en nuestro hermoso país. Llegaron en la noche, como lobos hambrientos, cobardes ocultos por las sombras. Y aún se esconden tras el terror, tras la barbarie. Cuando todo esto inició no dije nada, ahora no tengo nada que decir.



Quien tenga oídos para oír,
Oiga lo que la poesía dice al hombre.


09 de mayo de 2011.
Cinco y diecinueve p. m.

No hay comentarios: