miércoles, 8 de julio de 2009

Sr. Originales

Tu palabra que sea clara, tu voz resuene en el viento. Nunca calles, nuca frenes tu lengua, maldito el silencio de palabras, maldito el acto que dice más que mil palabras, malditas las mil palabras que hacen más que un acto, maldita la palabra que no es acto, y maldito el acto que no está hecho con palabras.

Esto gritaba el hombre en la ventana; todos los días, de pie, con la cortina cubriéndole las espaldas, con su voz de trueno, su voz cavernosa, se asomaba el señor Originales a su espléndida ventana que daba a la calle por donde pasaban, presurosos, los estudiantes de la preparatoria. El árbol no era tan alto, pues su copa quedaba justo bajo el alfeizar de la ventana de la casa que en otros tiempos fue de los señores americanos que abrieron el cine en la Calle Quinta y Ocampo; y agitaba sus ramas cada vez que el señor Originales increpaba con estas tremendas palabras a los estudiantes que corrían para no ser rechazados en la entrada de la escuela.
Satisfecho cerraba la ventana. Los estudiantes corrían, reían a gritos por el último chisme, que
si a La Lupe se la llevaron al mirador, que si Manuel era marica, que si Fabiola se besuqueaba
con un pachuco. Nunca acabarían las historias fabricadas de palabras, nunca acabarían los hechos. El señor Originales se quedó mirando, tras la ventana cerrada, a los muchachos sudorosos llegar hasta el portón. Feliz de hacer un bien, salió de entre las cortinas y se sentó en el sofá de su recámara, encendió el equipo de sonido y la música se escuchaba por lo bajo. Chopin, acaso Motzart, a lo mejor Liszt, o Bach. Tomó un libro y empezó a llorar.

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