sábado, 11 de julio de 2009

Julio

Durante aquella mañana, en que no supo a ciencia cierta lo que ocurría, y que después prefirió ignorar como algo que marcara su vida, si no para siempre, sí por un periodo largo, acaso toda su juventud, él estuvo, además de atento si los ojos de esa muchacha lo miraban, bebiendo con impaciencia una taza de té. Desde las seis en punto estuvo en la cancha squash, hasta las siete y media que le hablaron al desayuno, que se prolongó hasta las ocho y quince; y a las nueve en punto, cuando cerró el libro de un escritor checo que recién había comprado, la joven entró en la estancia donde él leía con el ceño fruncido como si tuviera dificultad para ver. Al dejar el libro sobre la mesa, levantó la mirada y la vio entrar, con su vestido simple y azul, una mascada blanca en el cuello y una pulsera de madera en su muñeca izquierda. Ella lo saludó con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa cualquiera. Se sentó en un sofá lo bastante retirada, con la aparente intención de no cruzar palabra alguna. Trajeron el té para el joven que bebió impaciente. No pudo leer nada más. Ella se estuvo sentada escribiendo algo en una libreta pequeña, y acaso no tuviera la más mínima intención de voltearlo a ver, pero nunca, ni por un segundo, que hubiera sido mortal para el joven, volteó a verlo. Ni siquiera con el rabillo del ojo, ni en el reflejo del espejo que estaba frente a ellos. El joven tensó todos los músculos de su cuerpo, de manera que estaba tan rígido que se cansó de inmediato y tuvo que adoptar una postura, no más relajada que de alivio y resignación; aunque de todas formas su interés por ser visto era descarado. Se movía ruidosa y notablemente para forzar la curiosidad de la joven, lo cual resultaba estéril. Cada vez que tomaba una pose de persona interesante, de persona con la que se debe hablar, y mirarle, su fatiga aumentaba, y la incomodidad le calaba en los huesos; lo cual lo obligaba a terminar en posturas nada apropiadas para estar sentado en una estancia tan elegante como aquella. Para desgracia de ambos, nadie llegaba, lo cual hubiera sido suficiente para romper aquel cuadro ridículo de adolescentes. Ella seguía escribiendo, aunque comprendía las intensiones del joven. Terminó su té y encendió un cigarro, trató de retomar el hilo de la lectura y no pudo, bostezó y se arrellanó en el sofá. Se sabía vencido; renunció a hablarle, que hubiera sido lo más apropiado. El reloj dio las once menos un cuarto. Se escuchó la voz de Julio, que entraba con las botas llenas de lodo y una cuerda en la mano. Eh, tú, haragán, yo estoy allá partiéndome con los animales mientras bebes afeminadamente el té. Debieras ponerte las botas y un pantalón para que vengas a ayudarme. Al escuchar esto el muchacho se puso en sobremanera colorado del rostro. La joven había dejado de escribir al punto, levantó la vista y miró la cuerda en las manos de Julio y sonrió.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Un aliento.

A cuidarse.

G