I
¿Y
bien? – me pregunto en las mañanas, frente al espejo de esta ciudad; el espejo
de estudiantes, madres trabajadoras, trabajadores, obreros y demás – ¿Qué hay
del bicentenario? Ya estamos a casi fin de mes y del susodicho ni sus luces; ni
ahora ni antes del quince lo pudimos
ver. Decir Bicentenario de la
independencia de México resultaba demasiado largo, además de falso, o al
menos queda en entredicho que tal acontecimiento haya sido, por lo menos,
genuino. Entonces, se cambió por algo más en onda con la actual, vulgar y
acentuada, inclinación por las abreviaturas chic:
el Bicentenario. Y el bicentenario
por aquí y por allá. Se les llenaba la boca con tan poquitas letras que no
sabían dónde ponerlo. Y lo pusieron donde se debía, donde históricamente ha
pertenecido el hecho de la independencia, en su cuna de oro, en sus pañales de
seda, en las manos suaves, blancas y españolas del gobierno conservador,
entreguista y mentiroso. En sus manos perversas, llenas de sangre, lejos del
alcance de la carne de cañón –léase, por favor, no se vaya a indigestar alguno:
el pueblo.
¿Pero
dónde más quería usted que lo pusiera? Lo del zócalo es un mero accidente, una
puntada de don Porfirio, celebrar su cumple
con el vulgo, nomás pa´ no olvidar sus raíces; para sentirse querido por el
pueblo, un autoengaño premeditado y heredado hasta nuestros lastimeros días.
Entonces, se quedó la tal puntada de convidar algunas migajas de la festividá,
un momento en que el pueblo se da cuenta de que la figura presidencial existe,
que no es un cuento, sino que de verdad existe, haga o no haga nada, existe. Y
lo podemos comprobar porque ahí se queda paradito contemplando a todos sus
pobres, desventurados que no tienen otra cosa mejor por hacer que celebrar algo
que ni entienden ni les importa más allá del asueto. Además, ni por error
descubren que se festeja la separación entre los criollos y la corona española.
Porque de haber sido una verdadera independencia, los indígenas debieron tomar
el poder de la nación, recuperando sus reinos y organizándose como les hubiera
venido en gana. Quizá hubiésemos vuelto a ser muchos países, o reinados, según
las tribus. Pero no, los españoles fueron muy hábiles para no regresar nada,
sino apropiarse un territorio, que incluso hoy, no les pertenece. Es decir, no
nos pertenece. Es de los indígenas, de nadie más. Y tan hábiles fueron, que los
mantuvieron bajo yugo español, ahora independiente, sí, pero de la corona, es
decir, que les quedaba más dinerito para gastar. Pues se ahorraban los tributos
o impuestos. Así es que estos tramposos no hicieron otra cosa que quitar a
España de en medio de su crecimiento personal, de sus propios intereses como
colonia. Fue la independencia de la colonia, de los colonizadores, no de los
colonizados. El resultado está en que hoy en día los indígenas siguen igual o
peor; aunque ahora están enajenados con distractores burgueses, con cierto
permiso del opresor para sentirse un poco menos indios. A final de cuentas, siempre la tendencia ha sido, es y será
desindianizar al país.
Por
ello Calderón no tomó en cuenta al pueblo. Su gobierno se encargó de erradicar
cualquier brote de espíritu festivo, eliminar por mínimo que fuera, algún
entusiasmo de celebración. Fueron celosos de que el pueblo no festejara algo
que no les corresponde. No, eso es de ellos, de los descendientes de aquellos criollos
que pelearon lo suyo, no lo propio, porque de nada eran –ni son- propietarios.
No hay manera de comprar, adquirir, ni apropiarse, tierras que pertenecen a
nuestros pueblos indígenas por derecho natural y divino. No hay sangre que lo
pueda pagar. (Y de esto ya habló Faulkner en El oso.)
II
Regreso del trabajo. Ahora es el mismo
espejo, pero empañado por el cansancio que a todos nos agobia. Nadie se ve más feliz. Estamos a veintitrés de
septiembre, nadie parece ser del país donde se cumplen doscientos años de ser
orgullosamente mexicanos. No diré que el obrero es oprimido por el amo del
dinero, por el dueño de los capitales de trabajo, no. El ciudadano está
oprimido por la necesidad. Nos mantiene el gobierno en el punto justo de la
frontera entre la necesidad y el efímero gusto de poseer algo (aunque sea en
abonos chiquitos, pero ahí la vamos pasando), algo que nos permite y que provoca
que nos desboquemos, para que sigamos siendo esclavos, no de ellos, no, ellos
son decentes, sino esclavos de nuestros propios deseos, porque pecamos por
nuestra propia concupiscencia.
¿Qué es ser mexicano? Un mexicano del
bicentenario. Pues nada, no es nada. Un
mexicano más, un mexicano que accidentalmente está vivo en el dos mil
diez. Los estúpidos spots son eso: estúpidos. (Un poema de Sabines, el corazón
de tu madre antes de decir sí acepto, un mariachi no se qué, y no se cuánto
más.) Ser mexicano es el corazón de la mujer antes de que fusilaran a su
hombre, antes de que a su hombre se lo lleven preso injustamente por culpa de
su torpeza, las seis mujeres acusadas de asesinato por decidir sobre sus
cuerpos (que ya fueron liberadas), el corazón de una madre que no puede pagar
el médico y su hijo por ello muere, el caso abecé, un escritor silenciado por
escribir la verdad, violencia absurda, civiles muertos, niños trabajando,
ancianos empacando en el supermercado, estudiantes sin futuro, un país sin
desarrollo, un país de confeti, gente inmunizada con pequeños goces burgueses.
Eso es el bicentenario: la más grande de las burlas, la más pérfida mentira.
Bueno, esto es lo que nadie debe decir, no
sea que la bestia se despierte. Sólo hay que decirlo por lo bajo, fumando pa´
dentro, bajando –hacia abajo y a la izquierda- la sierra, cubiertos por las
sombras que ocultan el amanecer de la libertad.
26 de
septiembre de 2010
Trece horas con
nueve minutos
No hay comentarios:
Publicar un comentario