Dedico este pequeño fragmento a mi amigo Ricardo Yañez.
Recordemos 41 años de la matanza del jueves de Corpus.
Hay cosas que deben quedar en la intimidad de la memoria. Que no debemos contarlas ni escribirlas, ni siquiera camufladas, sino que son parte de la vida privada de un escritor. Pero antes que escritor, hombre, padre, ciudadano.
El impulso de contar, la necesidad de comunicar se convierte a veces en un bloqueo de las ideas, de la cadena de producción literaria que es cuerpo-vida-mente-manos-letras. Porque anterior a la acción mecánica de aglutinar letras, signos de puntuación y espacios, está la necesidad de comunicación como primer motor que nos mueve a escribir. Escribir novela, ensayo, teatro o poesía, es un hecho secundario a esta necesidad que se antoja apremiante; que nace del contacto del hombre con el mundo. Ese roce entre la biografía y la historia-presente, contemporánea del hombre, prenden la chispa que lo lleva a registrar, a relacionar, los hechos que convergen con él en un tiempo y espacio dados, aún cuando el concepto de espacio sea demasiado amplio para determinarlo geográficamente. Ya que ahora contamos con la omnipresencia virtual que nos da el internet. La escritura es sólo un acto reflejo de un proceso interno que se desarrolla al encontrar los dos extremos de un evento, cuando observamos el interior del movimiento que hace que se desarrolle ese evento, al descubrir las formas sensibles que lo impulsan. Es decir, la escritura es la sedimentación de tiempo, espacio y eventos, unidos por la sensibilidad de quien escribe. No se pudiera decir que alguien escribe por aglomerar letras, porque entonces tendríamos como resultado un párrafo sin sentido, incomprensible. La necesidad de comunicación es algo inadvertido, inconsciente, que no radica en querer dar a conocer algo a todo el mundo, sino que a veces es el mismo escritor en una dualidad escritor-lector. Pues el impulso a escribir el primer enunciado, el primer verso o párrafo, es una necesidad de comunicación. Aún la escritura automática es una necesidad de comunicación.
Pero la escritura no es del todo cotidiana, ni sigue una secuencia de tiempo lineal. Puede haber distancia de días, meses, incluso años entre un párrafo y otro, o entre un capítulo y otro. Lo mismo pasa en la poesía, donde un poema puede tardar en escribirse varios años. Porque el resultado de la escritura es precisamente comunicar de la forma más clara posible. El trabajo final es una condensación de hechos, la escencia de emociones, pensamientos, etcétera. Algo visto el día de hoy, puede aparecer veinte años después, pero con tal claridad que no se tuvo en la primera experiencia. La experiencia se va estratificando dentro de la mente del escritor, hasta que de pronto explota en el acto luminoso de concatenar tiempo pasado con tiempo presente y, descubrir en el primero las premisas del segundo, entonces todo cobra sentido y toma su peso específico. La escritura es un ejercicio mental para clarificar nuestras ideas. Es una catarsis histórica y emocional.
Escribir no es aglutinar letras con sus puntuaciones y espacios. Escribir también es observar, registrar, leer, llevar un diario, sucumbir ante el poder de la música, hundirse en el ocio de estar tumbado en el piso, en la cama o donde sea sin hacer el más mínimo movimiento, para dejar que la mente divague por sus claroscuros callejones, seguir a una muchacha por el centro de la ciudad, seguir a un caballero, espiar a hurtadillas a los amantes, indagar la marca de perfume que usa la prostituta, saber el origen del trasvesti, el amor perdido del marihuano, la necesidad prometeica del ladrón, saber por qué, simplemente por qué la vida es vida, sin detenerse a pensar en la moral y la caridad cristiana. Es poderse zambullirse en el estiércol y salir tan limpio como de un baño prolongado. Es involucrarse orgánicamente con la vida y sus vivientes. Es ser la víctima y el asesino de vez encuando, para saber cómo brillan, cómo espejean los ojos del que pierde la vida y saber el cosquilleo de las manos de quien asesina. Escribir no es prender el aire acondicionado, prepara café y encender un cigarro mientras la computadora inicia, para luego escribir una serie de conclusiones falsas y artificales que preparamos en el microondas. Escribir es vivir hasta la cuerda, como le dijera Elena Poniatowska a José Revueltas.
Escibir es el acto inmoral de decir todo aquello que no debe decirse.
Una y once pe eme.
10 de junio de 2010
1 comentario:
Pues bien, creo que tienes razón mi buenisimo y ponderado escritor.
Al escribir puedes explayarte y decir presisamente lo que piensas y no te atreves a decir, es más facíl descirselo al papel es como decir un secreto, como algo muy tuyo, pero que a su ves quieres que los demás lo sepan.
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